Sexismo lingüístico y excesos de celo

SEXISMO es una palabra -y un concepto- relativamente nuevos. En las últimas décadas del siglo pasado irrumpió en nuestras vidas desde culturas externas que ya se habían planteado la revisión de ciertos desequilibrios ligados al sexo de las personas. La Academia define sexismo como “Atención preponderante al sexo en cualquier aspecto de la vida” y, en su segunda acepción, como “Discriminación de personas de un sexo por considerarlo inferior al otro”, y la 2ª edición del Diccionario de uso del español de María Moliner, como “Discriminación por motivo de sexo”. De modo que, a pesar de que, cuando hablamos de sexismo pensemos siempre en la mujer como sujeto paciente del mismo, podría y puede haber un sexismo que afecte al hombre.

Sin embargo, por mucho que las cosas hayan mejorado, en el mundo occidental todavía resulta inevitable ligar sexismo a la idea de discriminación de la mujer. Es simplemente el resultado de una historia de siglos basada en una construcción androcéntrica del mundo, que ahora está siendo sometida a revisión en distintos frentes. Porque, como es sabido, hay muchos tipos de sexismo: por ejemplo, el de los médicos que dan menos credibilidad a los síntomas de una mujer que a los de un hombre; el de los que actúan con violencia contra las personas del sexo contrario o el de quienes ningunean a alguien por razón de sexo.

Los que estudiamos la lengua nos preocupamos del sexismo lingüístico. Al principio, con las primeras reivindicaciones de los feministas -ellas y ellos-, se vivió una reacción en contra que las consideraba totalmente ajenas, excesivas e inapropiadas, incluso objeto de burla. Luego, pasada la perplejidad primera, muchas personas empezaron a mirar con otros ojos su propia forma de hablar y de escribir, y a veces descubrieron hasta qué punto están interiorizados unos usos inconscientes que parten de una cultura de por sí sexista. Ver el sexismo a través de la lengua es importante, porque el pensamiento influye en la lengua, pero, sin que parezca tan evidente, también la lengua influye en el pensamiento, lo que alimenta un círculo que sólo se puede romper desde las tribunas que difunden la lengua.

Hay que admitir que, a lo largo de los últimos treinta años, se ha avanzado en un profundo proceso de sensibilización que ha ido más allá que el superficial movimiento de lo políticamente correcto de los años noventa. A consolidar este proceso han contribuido feministas, profesores, periodistas, escritores, académicos, instituciones, y, sobre todo, hablantes. Como escribió ya hace años Álvaro García Meseguer, la lengua no es sexista, las lenguas no son sexistas en sí. En todo caso, lo son las sociedades que las hablan. Y el español es menos sexista que algunas de sus hermanas románicas, como el francés, que muestran una resistencia mayor a permitir la visibilidad de las mujeres y un gran apego a las normas menos flexibles. La suerte es que en estos momentos la sociedad está cambiando por dos caminos distintos: por un lado cambia a la fuerza, porque hoy resulta imparable y natural la presencia de la mujer en ámbitos nuevos, y, por otro, cambia gracias a la actitud de las mujeres, pero también -y esto hay que reconocerlo- de muchos hombres que han apoyado el reequilibrio de la lengua, después de haber recorrido el difícil camino de descubrir que, sin que lo supieran, la lengua por tradición los destaca siempre a ellos.

Sin hacer batalla de cuestiones como la del plural inclusivo, que oculta la presencia femenina, conviene tener en cuenta a la hora de escribir que hay ocasiones en las que se puede recurrir a la duplicación, no a la que nos hace sonreír en tiempos de ganar votos, cuando los femeninos inundan en paralelo los discursos políticos, sino a la más natural de Sebastián de Covarrubias, cuando, en su Tesoro de la lengua castellana o española, de 1616, para definir convento, escribía “En nuestra lengua castellana, vale la casa de religiosos o religiosas…”.

Los libros de estilo periodísticos han hecho una labor importante en el sentido de regular la forma de dar noticias sobre la mujer, pero todavía asistimos a desviaciones guiadas por la mejor voluntad, y ahí es donde habría que insistir. Pongamos el caso reciente del presidente italiano Silvio Berlusconi, que, en la tarde del 29 de septiembre, apareció en los medios congratulándose por la liberación de “le due ragazze”, Simona Torretta y Simona Pari, y su mensaje se repitió con la alegría de las buenas noticias, al tiempo que se referían a ellas también como “las dos Simonas”. Estas expresiones, que reflejaban una actitud paternalista que muchos periódicos corrigieron al día siguiente al hablar de las dos cooperantes italianas, resultan difíciles de imaginar si los liberados hubieran sido dos hombres jóvenes, a los que muy improbablemente hubieran llamado “los chicos” o “los dos Simones”. Es evidente que no hay segunda intención en ese discurso, como tampoco la habría en los locutores que retransmitían este verano las pruebas de los Juegos Olímpicos y que inspiraron a Forges, tan fino en lo lingüístico, la viñeta del 22 de agosto, titulada Agudeza escuchal, donde proponía “Averiguar en menos de 5 segundos si este “Comentarista olímpico” se va a referir a un equipo femenino como “las chicas”, “las niñas”, “las crías”, “las nenas”, “las muñecas”, etc.”.

Por otra parte, todavía la lengua vacila ante situaciones nuevas y a los hablantes les cuesta acostumbrarse a femeninos tan fáciles como médica; por eso en los pueblos españoles es tan frecuente encontrar doctora como femenino de médico. Es curioso que, en cambio, jueza, concejala, presidenta, que no hubieran sido necesarios desde el punto de vista gramatical, se hayan adoptado con rapidez y naturalidad, mostrando la fuerza de la analogía. ¿Por qué no médica? Pensar que es un femenino “ocupado” por la antigua costumbre de llamar así a la mujer del médico no parece suficiente, porque habría ocurrido lo mismo en los otros ejemplos. El rechazo de algunos nombres de oficio o de profesión muchas veces viene, para algunos femeninos que se podrían formar sin problema, de las propias mujeres, que prefieren en algunos casos tener un título en masculino, quizá como prueba de lo mucho que les ha costado alcanzarlo, y ponen en sus tarjetas ingeniero, arquitecto, cirujano o investigador científico. Es un resto de lo que Valentín García Yebra ha llamado machismo femenino. Con el paso del tiempo y la costumbre de que las mujeres desempeñen estas profesiones, los femeninos se impondrán. Entretanto, la lengua permite ciertas holguras que poco a poco se irán normalizando.

En este aspecto resulta importante la labor de la comisión NOMBRA (siglas de no omitas mujeres, busca representaciones adecuadas), que ha conseguido revisar, para el Diccionario académico, un modo de definir que parte de una inevitable óptica masculina que se ha ido superponiendo desde finales del siglo XVIII. La voluntad de intentarlo se expresa en el prólogo a la última edición del Diccionario, que ya ha hecho un esfuerzo en este sentido.

Y, mientras la sociedad cambia, porque cambia la realidad, no estará de más que sigan pendientes de esos cambios todas las personas sensibilizadas por mejorar la lengua.

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