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Ser católico no es ser de ultraderecha, ¿o si?

Diversos colectivos, entre los que se encuentran el Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza o la Plataforma «Por una sociedad laica», impulsada por Izquierda Unida en el año 2002, exigen que la Religión salga de las clases, así como la denuncia de los acuerdos Iglesia-Estado suscritos con el Vaticano. La fauna laicista está enfurecida, pretende convertir a la Iglesia católica en una reliquia insigne. Así es el hombre laicista. Instalado en su mediocridad, no quiere apelar a ninguna instancia superior; vive satisfecho, y su indocilidad hacia la Iglesia sólo es una manifestación de su indigencia moral, de la falta de reconocimiento del bien que ésta realiza en la sociedad. La fauna laicista ignora que es inmoral pretender que una cosa deseada se realice mágicamente, simplemente porque la fauna lo desea.

Aunque desde la pretensión del pensamiento, Peces-Barba asume la postura de los mencionados colectivos y arremete de nuevo contra la Iglesia, que él polariza indebidamente, como tantos otros, en los obispos. No es necesario ser un hombre selecto para discernir y hacer buen uso de la razón. Cuando Peces-Barba afirma en su artículo «El respeto al pacto social» que la mejor razón para defender la monarquía es el «rencor con el que reacciona la extrema derecha representada en la radio de los obispos», identifica de un modo perverso a la Iglesia católica con la extrema derecha. Obviamente, Peces-Barba no encarna el hombre intelectual. La lechuza que se entregó a Minerva le ha dado la espalda después de herirle, dejando para siempre impresa en él una mirada triste y sombría.

El lenguaje no sólo sirve para manifestar el pensamiento, sino también para ocultarlo. El lenguaje revela la persona. Y la palabra que emerge de Peces-Barba es sólo un lamento, un recuerdo constante de haberse convertido en un humilde parásito del resentimiento. Piensa que la postura de los obispos es una rentrée, un volver al galope el pasado nacional catolicista que la Constitución no ha sabido extirpar como debiera. Se ha obliterado su mente, y cada día se parece más a un político, que en lugar de aclarar las cosas, se obstina en empeorarlas y confundirlas. Su hemiplejía moral le lleva a proponer el método de la continuidad para la sociedad civil, y una revolución integral, una transformación radical y el comienzo de una nueva etapa en la historia, para la Iglesia católica, alejada para siempre de una supuesta vigencia del nacional catolicismo, tan profundamente denostado. Al margen de lo que Peces-Barba piense como acertado y digno para la Iglesia, existe en él un extraño y reiterado deseo: esperar que se produzca el santo advenimiento de otra Iglesia católica distinta a la que hoy encarnan los obispos.

El Ejecutivo no quiere quedarse atrás en su propuesta laicista. Para ello apela al imperativo de la selección de los mejores, y propone a catorce notables de la progresía mundial en su ambicioso proyecto de gobernar otros cuatro años más. Son eminencias republicanas y laicistas, hombres egregios, una selección ilustrada buscada fuera de España, evidenciando con su gesto la escasez de eminencia dentro de ella. España, para el Gobierno de la Nación, carece de excelencia; detestando al hombre ejemplar, lo busca fuera en su pretensión de ser referente internacional. Son los de fuera —parecen decir— quienes mejor conocen la vida española por estar tan sumergidos en ella. El Ejecutivo, firme en su fe progresista, no contempla entre ellos a Zerolo o a Bono, a Cuesta o a Sopena. Pena, pena, pena.

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El fundamentalismo laico

Este es un fundamentalismo de reciente hornada, que avanza a grandes zancadas entre los que hacen del legítimo agnosticismo su ley vital y que adopta unas rigideces argumentales y posturales que ríete tú de los hasta ahora conocidos. Ni que decir que los que pertenecen a esta secta curiosa y furiosa acostumbran a ejercitar más su intransigencia con aquellos que profesan el catolicismo: es sabido que la presencia agobiante del mismo en sus infancias les inmunizó contra todo tipo de expresión religiosa, pero especialmente con la que resultaba prácticamente única en el territorio español. Su rígida vigilancia en contra de que asome ningún desmán litúrgico entre la sociedad civil no llega ni mucho menos a lo mismo con otras prácticas: la judía no les incumbe -el judío no hace proselitismo y eso les gusta, pero miran con malos ojos a los que adoran al mismo dios que Sharón- y la islámica siempre se apreciará con criterios que riñen cariñosamente pero que comprenden lo que comprenden en virtud de las muchas persecuciones que han sufrido a lo largo de estos años, de su eterna condena a la pobreza por culpa de los poderosos e infames capitalistas y de su frontal oposición al imperialismo norteamericano. Anteayer, unos funerales de Estado en La Almudena en los que se ofició una misa por el alma de los muertos en el atentado que perpetraron los terroristas islámicos -en el nombre de Alá, por cierto- ha levantado las iras de los vigilantes del altar, los cuales han puesto el grito en el cielo -quizá no sea esta la más adecuada expresión- por escenificar el dolor de todos desde el rito católico. Ello, más allá de la rabieta a la que ya está acostumbrada la afición, les lleva a exteriorizar una indisimulada ira por cualquier gesto que tenga que ver, siquiera lejanamente, con la liturgia comúnmente mayoritaria entre los españoles. Es el tiempo de ello.

Una columnista de periódico comprometido con la causa «progresista» hasta límites un tanto obscenos, exteriorizaba su indignación hará unos días por el hecho de que unos niños sevillanos jugasen a costaleros tocados con el célebre «costal» con que las diferentes cuadrillas portan cada uno de los pasos de la Semana Santa de Sevilla. Según la consternada opinadora, ese era un hecho comparable a la imposición del velo islámico con el que algunos padres musulmanes obligan a vestir a sus hijas, argumento compartido por la célebre consejera de Educación de la Junta de Andalucía, objetora de determinadas legalidades, la cual, por cierto, anda entre los célebres notables del futuro presidente Rodríguez. Para la columnista, se estaba alterando el futuro laico de unos niños a los que se les impedía ver la vida desde la exquisita imparcialidad que ellos lucen. Estupefaciente. Dos lerdos concejales de Oviedo, de IU por demás, se opusieron al nombramiento de Hija Predilecta de la ciudad para Letizia Ortiz y criticaron severamente el hecho de que su matrimonio se realizase por el rito católico, cuando debiera ser -en función del exigible laicismo social- un mero hecho administrativo sin más. Sobran comentarios.

Los laicistas se han convertido en unos estrictos y fundamentalistas observadores de la convivencia escénica: sólo en la privacidad más absoluta podrá un católico mostrarse como tal o poner en práctica alguno de sus cultos. No tanto así los seguidores de diferentes confesiones con representación, digamos, minoritaria: poco les importa a los fundamentalistas que los musulmanes ejerzan rígidamente su código de conducta en planos tanto privados como públicos, incluso aunque comporten discriminaciones lacerantes que se empeñan en no querer ver. Sí les conmueve, en cambio, que lo hagan aquellos a los que va dirigido su «fatwa» civil: al final verán cómo habrá que escenificar la Semana Santa con Jesús vestido de manifestante convocado por SMS.

Mediocres y perdedores en el mundo actual: mira lo que pasa cuando eres el mejor

Vivimos en una sociedad que pretende imponer un igualitarismo mediocre. Ya sabes que en Educación para la Ciudadanía es esencial mostrarse piadoso y respetuosos con los perdedores y mediocres. Pero ahora mira esta presentación de Windows donde Steve Ballmer, el Director Genral de la compañía y el brazo derecho de Bill Gates, sale a presenar e producto a los rabajadores de la compañía. Por si no sabes todavía inglés, te traducimos la última parte: tengo cuatro palabras: amo esta compañía.

En el segundo vídeo puedes ver a Steve Ballmer en una reunión de desarrolladores de Microsoft, convencidos de que son los número uno del mundo después de lo que han hecho. Hay que sudar mucho para ser el número uno. Mira a Steve en el segundo vídeo.

Tu decides: mediocre, perdedor, ganador, trabajador, comprometido, valioso, estúpido, uno más, triunfador.